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Canción del sur
¿Cuál ha sido el aporte latino a la música universal? Aunque el gran mercado discográfico la ubica como subcategoría dentro de la “world-music”, los hispanos sabemos que en su diversidad está su riqueza. Con la ranchera, la salsa o el tango podemos explicarnos ante el mundo y ante nuestra propia historia en común.
texto Marisol García

El ejecutivo discográfico detrás de un escritorio en Miami, el manager de un conjunto de tango con agenda copada en Europa, el percusionista especializado en pubs y el productor que impulsa un sello de folklore andino son cuatro profesionales de una misma industria que, probablemente, articularían respuestas muy diferentes sobre qué es la música latina.
No es un asunto de valoración, sino de punto de vista y de referentes. Así como sabemos que entre Shakira y Julieta Venegas hay algo más que diferentes tonos capilares, la etiqueta de “música latina” supone una esencial diversidad que cada auditor familiarizado con los códigos hispanos puede distinguir y clasificar. ¿O no?
Celia Cruz por un lado y Mercedes Sosa por el otro. Café Tacuba más cerca de Los Fabulosos Cadillacs que de Maná, por muy mexicanos que sean. Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra en las antípodas de Lucho Gatica y Olga Guillot. Carlos Gardel, Agustín Lara y João Gilberto en un panteón de héroes muy bien lustrado. La enorme extensión geográfica entre el Río Grande y el Cabo de Hornos se corresponde con una historia musical de suertes, ritmos e intenciones amplísimas. Entre los inventos más prodigiosos de nuestra cultura y los estereotipos más flojos simplificados para el gran mercado, la música latina respira hoy con vigor, alimentada por los nutrientes de una tradición de riqueza casi inagotable. »
El baile y la quietud
Desde que Estados Unidos se deslumbró con el frutero equilibrado sobre la cabeza de Carmen Miranda, el foco de su mercado discográfico alumbra nuestra música con un filtro a prueba de meneos. En otras palabras, para un habitante del Primer Mundo poco dado a los matices, la música latina es bailable sí o sí. Los autoexiliados del castrismo han perpetuado con gusto este estereotipo, proveyendo desde Miami una oferta continua de ritmo cubano mezclado con pop, tanto en los temas más gritados de la ya fallecida Celia Cruz como en la marca de fábrica de la familia Estefan: grabaciones de Gloria, producciones a cargo de Emilio y lo que ambos alcanzaron a grabar durante los años ochenta como parte del combo Miami Sound Machine.
Es probable que, junto a Brasil, Cuba ofrezca la cantera musical más rica de Latinoamérica (su ejemplo es prueba incontestable de lo bien que le hace la influencia africana a la cultura musical de un país). Marcas musicales de la isla son ritmos como el guagancó, la guaracha, la conga, el son y el mambo, este último afinado en los tiempos previos al castrismo por otro músico cubano de alcance universal, Dámaso Pérez Prado. Los pulsos más quietos de la música cubana se han quedado dentro de los confines de la cultura hispana, y recién el disco Buena Vista Social Club (1996) globalizó a una Cuba de matices, fuera de la caricatura del ron y la gran orquesta. Los latinos sabíamos ya de las habilidades de los cubanos en la cantautoría tranquila, apreciando desde los años ’70 la poesía de la Nueva Trova, con Silvio Rodríguez como modelo absoluto de cantor comprometido. La más reciente oferta de la isla en géneros tan sorpresivos como el hip-hop (Orishas, Obsesión, SBS) sólo confirma la fortaleza creativa de un país en que la música es lenguaje cotidiano en el quehacer social. »
Que el rap, un invento estadounidense, florezca en un país comunista no es sino la prueba de que la música suele explicarse mejor a partir de comunidades con intereses en común que por divisiones políticas objetivas. La salsa es considerada por no pocos estudiosos como un invento neoyorquino, pues fue entre la comunidad de inmigrantes del Bronx –que acogió a gente como Tito Puente, Ray Barreto, Willie Colón y Johnny Pacheco (este último, fundador del mítico sello Fania)– donde se agitó con más vigor esa síntesis del ritmo afrocaribeño, con dosis innegables de plena portorriqueña, merengue dominicano, cumbia colombiana y son cubano; pero presentado en un envoltorio urbano, pulido, nocturno. Jennifer López podrá hacer discos de salsa, tal como Alejandro Sanz jura estar haciendo flamenco, pero sabemos que el circuito comercial del pop exige estandarizaciones que un melómano está obligado a saltarse en búsqueda de la raíz. Mientras más evidente se haga la tradición local en un producto de exportación, más podemos enorgullecernos de estar cautivando al mundo con un invento que responde a nuestros códigos culturales.
Lo ha entendido muy bien Brasil, un país de admirable autonomía musical, pero que tuvo en la bossa-nova un foco de luz que encandiló a Estados Unidos como no lo habían hecho antes la samba, la tropicalia ni otro ritmo autóctono. Hablamos de un encandilamiento profundo, que llevó a Frank Sinatra a grabar un disco con Tom Jobim en 1971, y a un jazzista de la importancia de Stan Getz a asociarse con João Gilberto. Recomendamos buscar también los álbumes Ella abraça Jobim, de Ella Fitzgerald, y Big Band Bossa Nova, de Quincy Jones, por no nombrar a las decenas de experimentos recientes en la fusión de bossa-nova y rock o electrónica. El impacto de la bossa nova en el mundo del jazz ha sido incluso mayor al que ha tenido el tango, que es el género latino preferido por no pocos virtuosos del piano y las cuerdas (y, desde hace un tiempo, también entre músicos electrónicos, como los de Gotan Project). La legitimidad de la música brasileña es un dogma artístico, que sigue generando ideas a través del redescubrimiento de héroes diversos, de Roberto Carlos a Os Mutantes, de Caetano Veloso a los experimentos electrónicos de su hijo, Moreno. En su estupenda autobiografía, Verdade tropicale, Caetano distingue a la música de su país como el resultado de un choque permanente entre discursos sobre la identidad brasileña, como si cada pueblo de ese país gigantesco necesitara dotarse de una marca musical a través de la cual diferenciarse.
Lo propio podría aplicarse al conjunto de la música latinoamericana, si bien nuestras distinciones de ritmos, temáticas y melodías surgen de modo espontáneo, sin planificación ni evidentes objetivos. E igual de naturales terminan siendo las fusiones más inesperadas que, hoy, por ejemplo, tienen a Chile –un país que ha concentrado una tristeza a veces agobiadora en las canciones de Violeta Parra, Los Jaivas, Víctor Jara y Los Tres– fascinado con un invento portorriqueño hipersexualizado y agitado como el reggaetón. Quizás la música latina deba definirse en esos contrastes, que es el mejor modo de defenderse contra la simplificación cómoda del mercado. Podremos discrepar sobre cuál es la música que sentimos más cerca y más nuestra –vals peruano, vallenato, tango, ranchera, cumbia, danzón o cueca– pero al menos sabemos que podemos cantarla en nuestro idioma.

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