Arquitectura del cambio

Arquitectura del cambio

¿Puede un edificio modificar el rostro de un barrio, alterar su alma y revitalizar una ciudad entera? Bilbao, en España, con el Guggenheim, demuestra que sí es posible. En lugares tan distantes como Bakú, Ciudad de México y Santiago también comienzan a agradecer la influencia de algunas de sus obras icónicas.

Se conoce como efecto Guggenheim la transformación que vivió la ciudad de Bilbao, al norte de España, tras la inauguración de uno de los más sobresalientes edificios de Frank Gehry. El Museo Guggenheim –que ya en 1959 aunara en Nueva York una indiscutible colección de arte con un icónico contenedor diseñado por Frank Lloyd Wright– repetía la estrategia de utilizar la arquitectura como reclamo para anunciar, en esta ocasión, no tanto su llegada al mundo como su salida al universo de las franquicias museísticas. Corría 1997 cuando el Guggenheim de Bilbao abrió sus puertas. Su popularidad fue instantánea y arrastró a toda una ciudad que –tras años de reconversión industrial y graves problemas con el terrorismo– reaparecía en el mapa de los destinos turísticos europeos.

Fue el saneamiento de la ría de Bilbao, junto a la que se levanta el nuevo museo –y la colonización que ese saneamiento ha extendido por el barrio y los nuevos edificios–, lo que transformó realmente 
Bilbao, pero, aunque el Guggenheim solo fuera la guinda, el efecto 
radar que tuvo para los turistas fue que las agencias de viajes añadieron una parada en esa ciudad contagiadas por el optimismo que la estaba cambiando. Está claro que el museo de Gehry se convirtió entonces en visita obligada, pero también que poco importaba lo que dicho centro mostrara. Así, o existía fe ciega en las exposiciones organizadas por él –no siempre de los fondos de la colección de Solomon Guggenheim– o lo que los turistas ansiaban ver no era tanto las muestras como el propio edificio donde se exponían.

Resucitar una ciudad

Que un único inmueble sea capaz de sanear una ciudad, o un barrio, se conoce desde entonces como efecto Guggenheim. Y, con los años, ha contado con numerosos episodios que demuestran que no es tan fácil transformar los lugares confiando el cambio a un único edificio ni conseguir un ícono solo con la voluntad de hallarlo. Para probar esa dificultad basta con visitar, también en el norte de España, en Santiago de Compostela (Galicia), la sobredimensionada e inacabable Ciudad de la Cultura proyectada por Peter Eisenman un año después de la inauguración del museo de Bilbao. Este otro gran proyecto prueba que no es lo mismo ubicar un ícono en el centro de la ciudad que en su periferia, ni es lo mismo levantarlo en una capital como Santiago (que ya atraía a muchos turistas y peregrinos para visitar su catedral), que en una urbe que necesitaba urgentemente el efecto regenerador.
Así las cosas, ni siquiera una marca prestigiosa es seguro de éxito arquitectónico o urbano. El futuro museo Guggenheim de la isla de Saadiyat, en Abu Dhabi, fue diseñado por Frank Gehry hace ocho años. Pero todavía no ha empezado a construirse.

Los edificios que de verdad transforman son los que tienden puentes no solo entre el pasado y el futuro, sino también entre cultura, ciudad y sociedad.

En ese distrito cultural sí se han levantado ya numerosas torres de hoteles y apartamentos que iban a arropar la llegada de los museos del distrito de las artes. Sin embargo, la unión entre arte y arquitectura alcanza a muchas consideraciones, y en el Golfo Pérsico la posibilidad de la censura de algunos trabajos artísticos se unió a la crisis económica para retrasar el desembarco en el emirato de las franquicias de dos de los museos más importantes del mundo: el Louvre de Jean Nouvel (que está en construcción y se inaugurará en 2015) y otro Guggenheim de Gehry que tiene nueva fecha de inauguración para 2017, pero registra poca actividad en el terreno y muchas discusiones en los despachos. Un tercer ícono, el Zayed National Museum de Norman Foster completaría la oferta cultural de un barrio de nueva construcción que busca ser el distrito cultural de Oriente Medio.
¿Puede un edificio iniciar la transformación de una ciudad?, ¿puede un solo inmueble llegar a alterar su imagen? El entusiasmo de los ciudadanos es clave tanto para que los grandes edificios funcionen como para que las transformaciones arranquen, prosperen y sedimenten. Sin embargo, la arquitectura que enciende la mecha de la transformación tiene una naturaleza doble. Por un lado debe ser una infraestructura necesaria, anhelada o deseada por la población. Y por otro, la arquitectura debe ofrecer su vertiente más magnífica: la sobrecogedora, que aúna a la belleza, la calidad y el entendimiento del lugar con lo inesperado. En otras palabras, la sorpresa. Así se construye un ícono.

Un ícono arquitectónico debe ser necesario y, por otro lado, magnífico: que amalgame la belleza y el entendimiento del lugar.

Lo sabe bien la arquitecta de origen iraquí Zaha Hadid, que acaba de culminar en Bakú, la capital de Azerbaiyán, el Centro Cultural Heydar Aliyev. El sinuoso edificio es posiblemente el mejor trabajo de la arquitecta hasta la fecha, pero, no contento con la excelencia arquitectónica, quiere, a su vez, “contribuir a la modernización” y, por lo tanto, a la democratización de la antigua república soviética. Puede que tan altos objetivos excedan a la arquitectura, sin embargo, el trabajo de pliegues y ondulaciones alcanza la perfección gracias a nuevos sistemas constructivos y materiales que buscan contagiar una imagen de entusiasmo y ofrecer una fachada de progreso.

Así, el burbujeante centro cultural se ha convertido ya en un ícono instantáneo, un símbolo nacional que rompe la monotonía del antiguo urbanismo de bloques de viviendas grises. Y está empezando a atraer a los turistas más curiosos. Esa curiosidad no es nueva. En Brasil, el Museo MAC que Óscar Niemeyer levantó en 1996, en Niterói, frente a Río de Janeiro, con forma de platillo volante, sirvió para que los visitantes que llegaban a la ciudad carioca alargaran su estancia y cruzaran hasta la otra orilla de la bahía Guanabara. Si ese edificio fotogénico puso en marcha la reconversión de una ciudad entera, un inmueble recién terminado, la Cidade das Artes del francés Christian de Portzamparc pretende hacer lo propio con el nuevo distrito carioca de Barra de Tijuca. En esos 14 kilómetros de paisaje monótono entre el mar y la sierra atlántica, el inmueble de hormigón es como una pequeña urbe con una gran terraza, un mirador público sobre un parque ideado por Fernando Chacel. Su autor habla de un “homenaje a la arquitectura brasileña”, y es cierto que la desnudez, la crudeza y la osadía de las formas remiten a los símbolos que los mejores arquitectos brasileños –del desaparecido Oscar Niemeyer a Paulo Mendes da Rocha– han sabido levantar en las ciudades de su país.

Claves de un ícono urbano

Otro edificio, ciertamente icónico, como la Biblioteca España que Giancarlo Mazzanti levantó en Medellín, Colombia, ha actuado como reclamo para reorganizar y publicitar un barrio, el de Santo Domingo Savio: zona de autoconstrucción al noreste de la ciudad, que de periferia aislada pasó a estar conectada con el centro gracias al metro-cable. Junto a la cima de la montaña, al lado de la estación del teleférico, tres edificios como tres rocas hincadas en la ladera hacen visible la 
biblioteca. Se trata de un ícono inmediato, un gran reclamo envuelto en lajas de pizarra que hizo que muchos de los habitantes de esta ciudad colombiana miraran hacia arriba e incluso se desplazaran por primera vez hasta allí. La intervención de Mazzanti corona un trabajo que ha saneado el barrio con nuevas quebradas, espacios públicos, parques y miradores.
No lejos de esa biblioteca, un edificio mucho menos visible ha logrado llevar una plaza –algo inaudito casi entre las abigarradas calles del vecindario– al barrio. Más que un símbolo, el edificio es una idea: convertir la cubierta de la escuela en una gran plaza pública, la explanada que el barrio no tiene. El autor de ese proyecto, el Colegio Santo Domingo Savio, es Carlos Pardo y su arquitectura puede no ser tan inmediata, puede costar más de ver, pero es, sin duda, altamente transformadora.

¿Tienen los íconos que ser llamativos para lograr un impacto en las ciudades y en los barrios? ¿Es imprescindible que sorprendan para conseguir anunciar los cambios en las ciudades? Los últimos grandes edificios empiezan a demostrar que no solo es innecesario que los edificios sean ostentosos, sino que, cada vez más, puede ser preferible que no lo sean. Así, frente a los hechos que sustentan el llamado efecto Guggenheim –que anuncia la transformación de una urbe a partir de un inmueble–, proyectos muy recientes demuestran que con tanto ruido está empezando a ser difícil atender a todos los pretendidos íconos y, además que, como apuntamos, no basta con pretender hacer un reclamo para conseguir realizarlo. Es decir: ni la rareza ni la extrañeza ni el presupuesto bastan para conseguir marcar un lugar a medio y largo plazo.

La nueva casa de Gabriela Mistral

Frente al cortoplacismo de las sorpresas, en el barrio Nuevo Polanco de México D.F., el británico David Chipperfield ha firmado una obra ejemplar. El recién inaugurado Museo Jumex –que alberga la mayor colección latinoamericana privada de arte contemporáneo– es una isla en medio de bloques de oficina sin alma y un oasis de tranquilidad, rigor y calidad compositiva.

Levantado sobre 14 columnas, para ceder una plaza pública a los viandantes, el centro evita ser un edificio introvertido –como su llamativo vecino, el Museo Soumaya del proyectista Fernando Romero (FREE)–, abriéndose en miradores y culminando en una cubierta dentada que, a la manera de los antiguos estudios de los pintores, lleva luz cenital hasta las salas de exposición. Así, los más de dos mil trabajos de artistas como Jeff Koons, Olafur Eliasson o Tacita Dean van a poder visitarse –en los espacios cerrados que precisan muchas de estas instalaciones– sin que ese hermetismo resulte en un edificio críptico, incómodo y ciego, como aterrizado con paracaídas.

Lo mejor de este nuevo ícono de Chipperfield es que no solo no molesta, sino que apunta caminos para la convivencia urbana.  Algo similar cabría decir del Centro Gabriela Mistral (GAM) que el arquitecto Cristián Fernández inauguró en Santiago de Chile hace tres años y que, en ese tiempo, ha congregado a más de un millón de visitantes. El edificio chileno lidia con una larga historia y sustituye a un inmueble incómodo, reconvertido y de difícil clasificación: el edificio Diego Portales. Pensado como centro de convenciones en 1972, fue destruido en 2003 por un incendio que derritió su estructura metálica. Y, tras un concurso, el centro recuperó el nombre de la poeta Premio Nobel chilena Gabriela Mistral. El nuevo bautizo era un símbolo, pero no la única recuperación: los materiales con los que Fernández levantó el nuevo centro –acero corten perforado, vidrio, madera y hormigón– fueron recuperados e interpretados de la idea original que sobrevivía, de este modo, al incendio.

El nuevo centro –obra que sigue en proceso de ampliación y que por ahora cuenta con una superficie de 22 mil metros cuadrados– no tardó en convertirse en algo así como un Pompidou chileno, un edificio no solo capaz de inyectar nueva vida en la Alameda, la principal arteria de la ciudad, si no que además fue capaz de transformar un barrio completo (Lastarria es hoy una zona cool) y también generar vínculos ciudadanos inmediatos. El mensaje, sin embargo, lejos de ser formalista y rompedor, es el contrario al del Pompidou francés: respetuoso y conciliador. Se trata de una arquitectura que, como el centro parisino o el Guggenheim de Bilbao, busca reflejar cambios y provocar transformaciones. Pero la revolución que propone nada tiene que ver con el cortoplacismo de las sorpresas. Su meta es adentrarse en un nuevo tiempo en el que, lejos de delatar al poder y la riqueza, la arquitectura hable, sobre todo, de la convivencia.
Los mejores edificios pueden impulsar cambios en el mundo, pero tras décadas de impresiones y juegos visuales, los inmuebles transformadores deberán tender puentes, no solo entre el pasado y el futuro, sino también entre la cultura, la ciudad y la sociedad.